Las historias verdaderamente originales a estas alturas de la narrativa literaria o fílmica son una quimera, algo imposible de lograr ya. Como mucho, los escritores o los guionistas pueden proponerse alguna mezcla de elementos que resulte interesante, pero jamás lo nunca visto. Y The Umbrella Academy (desde 2019), la serie televisiva creada para Netflix por Steve Blackman según los cómics homónimos de Gerard Way y Gabriel Bá (2007-2018), ofrece una cosa así. Su propuesta es atractiva por su cóctel de ingredientes superheroicos, de fantasía y ciencia ficción y su balancín entre el drama emotivo y la comedia ácida.

El cineasta canadiense ha demostrado su versatilidad por la diversidad genérica de sus libretos para televisión. Es el responsable de Jóvenes abogados (2001-2002) junto con Greg Ball y Alyson Feltes, y firmó la letra de treinta y seis episodios de Zoe: factor sorpresa (Lynn Marie Latham y Bernard Lechowick, 2003-2005), dos de Las Vegas (Gary Scott Thompson, 2003-2008), tres de Bones (Hart Hanson, 2005-2017), diez de Sin cita previa (Shonda Rhimes, 2007-2013), un par de Fargo, ocho de Legión (Noah Hawley, desde 2014, 2017-2019) u otros dos de Altered Carbon (Laeta Kalogridis, desde 2018).

Con este currículo, quizá no ha dejado claras sus principales inclinaciones, pero sí que podía encargarse de la traslación de The Umbrella Academy a la pequeña pantalla sin inconvenientes. Uno contempla las desventuras de los siete hermanos Hargreeves y, mediada la temporada uno, se termina enganchando a ellas. Desprenden un aroma elemental a Legends of Tomorrow (Greg Berlanti, Marc Guggenheim, Phil Klemmer y Andrew Kreisberg, desde 2016) y a Future Man (Kyle Hunter, Howard Overman y Ariel Shaffir, 2017-2020), y cierta brutalidad con un toque de colorido surrealismo a lo Utopía (Dennis Kelly, 2013-2014).

Le cuesta un poco la coherencia estilística y la planificación es un tanto aleatoria al principio, casi decidida sobre la marcha. Pero, conforme se siguen los capítulos uno detrás de otro, se va viendo a The Umbrella Academy más cohesionada en ese sentido. Y, pese a que nunca llega al nivel de la sinfonía audiovisual, al engarce del cine que fluye con la trabajosa naturalidad de un continuo extraordinario y siempre elocuente y no a una sencilla sucesión de escenas, el resultado es muy defendible. Y, de todos modos, el uso de montajes paralelos lo domina, aunque unos los ofrece con mayor vigor y alcance emocional que otros.

Los misterios a la espalda y al frente de los personajes agitan la curiosidad de los espectadores, enriqueciendo el relato, y unos se resuelven en cada temporada y otros, con la parsimonia que se reserva a las revelaciones de mayor importancia y alucine. Pero The Umbrella Academy no se detiene en lo superficial, sino que el desarrollo dramático de sus protagonistas y sus complicadas relaciones fraternas supone uno de los empeños fundamentales de Steve Blackman y su equipo. Como en La maldición de Hill House (Mike Flanagan, 2018) no es el terror lo que de veras alimenta la empatía por lo que sufren los hermanos Crain.

La selección de canciones para determinadas secuencias musicalizadas así, reforzando su dinamismo y su fuerza y, a veces, con un juego de contraste, en los próximos diez episodios de The Umbrella Academy se vuelve a mostrar el buen gusto de Steve Blackman en este apartado. Y el elenco, con varias caras nuevas, cumple muy bien con su cometido en esta etapa, sea Ellen Page, Tom Hopper, David Castañeda, Emmy Raver-Lampman, Robert Sheehan, Justin H. Min y Colm Feore como Vanya, Luther, Diego, Allison, Klaus, Ben y Reginald Hargreeves, Kate Walsh en la piel del Enlace o un estupendo Aidan Gallagher como Número Cinco.

La primera temporada de The Umbrella Academy acabó con un final abierto que se retoma de inmediato en la segunda con un comienzo bastante espectacular, y cierta tendencia hacia el más difícil todavía en el embrollo. Y, puesto que en la tanda inicial asentaron unos modales y un ritmo, en la nueva se los ve en plena forma de entrada. Y, a pesar de que no hay aquí ninguna imagen icónica como la de Hazel (Cameron Britton) y Cha-Cha (Mary J. Blige) y su arrebato de piromanía estupefaciente con las máscaras de animales, el contexto social se revela mucho más jugoso.

Como las dosis de carcajadas del respetable pues, en la temporada dos de The Umbrella Academy, la carga dramática se reduce a lo imprescindible y a uno le brindan más ocasiones para reír con las ocurrencias situacionales, la excentricidad, la sátira, el mencionado surrealismo y unos diálogos con mayor chispa. Por otra parte, ya que repiten con la fórmula del final abierto para que la expectación por la temporada siguiente no se disipe, a uno no le queda más remedio que confesar que continuará zampándose esta serie para saber en qué punto espacio-temporal darán con sus huesos los hermanos Hargreeves.